Hasta delante de Cristo, sobornan a árbitros de fútbol.

No sé quien afirmaba que leyendo las obras de Giovanni Guareschi, encuentra uno una página de felicidad. Me ocurre cada vez que me reencuentro con su excepcional personaje, Don Camilo. El alcalde comunista, Giuseppe Botazzi -Pepón- y Don Camilo el sacerdote, protagonizan en la obra de Guareschi unas situaciones jocosas, a veces infantiles y en otras intrincadas, que arrancan en cualquier lector por lo menos una sonrisa.

Una de ellas es La Derrota, sucedida cuando el cura logró estructurar por completo una especie de dispensario -el Recreatorio Popular- y para inaugurarlo invitó al alcalde a un partido de fútbol que se efectuaría entre un equipo armado por Don Camilo y otro por el burgomaestre. El alcalde llamó a sus jugadores y los alentó con la siguiente arenga:  

-Jugarán con el equipo del cura. ¡O vencen o les rompo la cara a todos! ¡Es el partido el que lo ordena, por el honor del pueblo vilipendiado!- les gritó.

–¡Venceremos! – contestaron los once, que sudaban de miedo, según cuenta Guareschi. Pero sigamos con la narración del autor: 

Cuando lo supo, don Camilo reunió a los hombres del Gallardo, organizador de su equipo y refirió la cosa.  

–No estamos aquí entre gente grosera y salvaje como esos tales. Podemos así reaccionar como caballeros juiciosos. Con la ayuda de Dios les meteremos seis goles a cero. No hago amenazas: digo sencillamente que el honor de la parroquia está en las manos de ustedes. Quiero decir, en los pies. Cumpla cada uno su deber de buen ciudadano. Ahora, naturalmente, si hay algún bribón que no se emplea a fondo, yo no haré tragedias como Pepón, que rompe las caras. ¡Yo les pulverizo el trasero a puntapiés!– dijo finalizando la arenga

El pueblo entero, lleno de entusiasmo, se agolpó para ver el formidable partido de fútbol, aclamando cada quien al bando de su preferencia, nos cuenta el autor.

–¡Viva Pepón! ,¡Viva don Camilo!- Eran los gritos emocionados de los partidarios de ambos bandos  

Pepón y don Camilo se miraron y se saludaron con mucha dignidad inclinando ligeramente la cabeza. Arbitro neutral: el relojero Binella, apolítico de nacimiento, indica Guareschi a lo que añado, garantía de imparcialidad. 

El equipo de Pepón marcó el primer gol y casi el jefe de policía tiene que buscar refuerzo;. Los directores técnicos, Don Camilo y el alcalde casi se van a los golpes. Pero finalizó el primer tiempo y se fueron a los camerinos.

El sacerdote, se dirigió de manera por demás amable al capitán de su equipo: 

–Tú, puerco traidor, acuérdate de que cuando estábamos en los montes te salvé tres veces el pellejo. ¡Si en los cinco primeros minutos no marcas un tanto, esta vez soy yo quien te saca el pellejo!- gritó y a continuación todos guardaron silencio 

Iniciándose la etapa complementaria, le cedemos el turno a la narración de Guareschi: 

-El Capitán se apoderó de la pelota trabajó con la cabeza, con los pies, con las rodillas, con las nalgas; hasta dio un mordisco a la pelota, escupió un pulmón, se reventó el bazo, pero a los cuatro minutos la metía en el arco. Luego se echó al suelo y no se movió más. Don Camilo fue a situarse en la parte opuesta del campo para no comprometerse. El arquero del equipo del susto tenía fiebre- nos cuenta el narrador,

Los jugadores del Partido Comunista se replegaron y el encuentro prosiguió de manera tranquila hasta que… ¡Ay mi madre!

 Faltando 30 segundos para finalizar el partido, el árbitro señaló un penal en contra del equipo del Cura. No hubo nada qué hacer. Se cobró la falta y gol. Gol del cuadro de Pepón.

Don Camilo, muy triste, fue a quejarse donde el Cristo:

-Hemos perdido de manera injusta. El árbitro Binella es un sinvergüenza. Quién sabe cuánto le habría ofrecido Pepón para que nos hiciera esa barbaridad..¡Vendido, sinvergüenza…! ¡Es necesario que ese árbitro reciba su castigo! -decía furioso el cura.

¿Seguro Don Camilo? ¿Seguro que ese árbitro Binella merece castigo?- preguntó Cristo con una sonrisita socarrona, 

-¡Claro! ¡Todos vieron que no había que pitar el penal…¡Ese Binella no es más que un vendido y hay que castigarlo!- gritaba Don Camilo. 

-Calma, calma, Camilo- dijo Cristo con voz tranquila- ¿Y no sería que tu le ofreciste dinero a Binella para que pitara el penal a favor e tu equipo? Creo que tu pecaste primero… .

-Bueno, pero…. -Nada, nada, Camilo. Tu eres tan pecador como el alcalde- respondió Cristo A Camilo solo le quedó irse de allí , pero al salir, pateó su sombrero -que estaba en el suelo- y este sombrero entró por la ventana del confesionario.

-¡Gol!-  dijo Cristo sonriendo