De los misterios de la historia: la cabeza de Charlotte Corday

Por haber asesinado a Marat, uno de los líderes de la Revolución Francesa, la dama fue guillotinada el 17 de julio de 1793. Un ayudante del verdugo, abofeteó la cabeza que al instante lo miró con odio, mientras sus mejillas enrojecían: ¿Esa cabeza separada del cuerpo aún podía pensar y sentir?

Dos grandes de la literatura francesa, Alphonse Lamartine y Alejandro Dumas hijo, narraron la historia: Charlotte Corday fue guillotinada; un ayudante del verdugo tomó su cabeza, la abofeteó y al momento, las mejillas de la dama enrojecieron y miraron con supremo odio al agresor.

El 13 de julio de 1793, Charlotte Corday entró valiéndose de una estratagema a la vivienda de Jean Paul Marat, médico, escritor, abogado y uno de los caudillos de la Revolución Francesa y lo asesinó apuñalándolo cuando el dirigente se encontraba en la bañera.

Detenida  e interrogada, la dama dijo que había «matado a un hombre para evitar que murieran cientos», pero eso, desde luego, no valió,

Charlotte Corday fue guillotinada el 17 de julio de ese año, y fue cuando se presentó el tétrico suceso: Uno de los ayudantes del verdugo, apellidado Legrós, asió la cabeza por los cabellos y le dio una bofetada. Dicen los testigos que el rostro enrojeció por completo y los ojos se posaron con odio sobre el profanador.

¿Sentía odio o dolor esa cabeza separada hacía poco del cuerpo? Alejandro Dumas cuenta lo que dijo el médico Sué, antepasado suyo y testigo de los hechos:

-La cara de la victima,  que hasta entonces estaba pálida no hizo mas que recibir la bofetada que le aplico el hombre sanguinario -escribe el doctor Sué-, y sus mejillas enrojecieron sensiblemente. todos los espectadores quedaron asombrados de este cambio de color y pidieron inmediatamente, haciendo oír ruidosos murmullos , venganza de tan cobarde y atroz barbarie. no se diga que ese rubor era efecto de la bofetada, porque por mucho que se golpeen de ese modo las mejillas de los cadáveres inmediatamente después de la muerte no se colorean jamás; además, esa bofetada no fue dada más sobre una mejilla y se ha observado que la del lado opuesto también se   coloreó; este solo hecho prueba evidentemente que después de la degollación hay, indudablemente, aún en el cerebro un resto de juicio y en los nervios un resto de sensibilidad- cuenta el escritor.

Otro médico, el cirujano Leville fue de la opinión contraria, según contó después en El Gabinete Secreto de la Historia del Doctor Cabanés:

 ¡La cara de Carlota Corday se ha ruborizado!-exclamaba-. no creo nada de eso. No me niego a admitir la posibilidad de ese rubor. Si busco su causa, se presenta por sí misma y me parece puramente mecánica.
En efecto, aquella cabeza conservaba, no diré su fuerza vital, pero si su calor vital; porque hay que tener cuidado de distinguir una y otra manera de expresarse. La sangre, flúida aún, contenida en los mas pequeños vasos capilares se derrama libremente cuando su curso se ve repentinamente interrumpido por la violenta impresión de la mano. Este  atroz procedimiento ha aproximado las paredes de los vasos; la sangre procedente de la parte superior no ha podido pasar más abajo el sitio comprimido y se ha concentrado por encima en gran cantidad, para producir una pequeña coloración, que M. Sué atribuye, falsamente en mi opinión, a un resto de juicio y sensibilidad. El otro lado-añade-también se ha puesto encarnado. ¡Oh! me parece que es llevar la observación  demasiado lejos; séame aún permitido negar este último hecho. No lo creo más que el primero, que quizá haya hecho mal en explicar- indicó en su momento el galeno Leville, opinión que aparece en el libro, El Gabinete Secreto de la Historia del Doctor Cabanés:

El científico alemán,  Samuel Thomas von Sömmerring, ya había puesto unos años antes el asunto en entredicho. Para él, el guillotinado seguía sintiendo y pensando a pesar de que la cabeza estaba separada del cuerpo.

El sentimiento, la personalidad, el yo-se decía en una carta dirigida desde francfort al director del Magasin Encyclopedique-permanecen vivos durante algún tiempo y sienten dolor de que está afectando el cuello; e invocaba a este propósito a las autoridades de Haller de Weicard, célebre médico  de Alemania, -que había visto moverse los labios de un hombre cuya cabeza estaba cortada-; de Leving, -que hecho la experiencia de irritar la parte de la médula espinal adherida a la cabeza y que asegura que las convulsiones de la cabeza fueron horribles- según manifiesta en su libro El Gabinete Secreto de la Historia, el Doctor Cabanés

Lo cierto de todo fue que a pesar de la polémica que se formó por el suceso, de la molestia de toda Francia contra el ayudante del verdugo y de la solicitud de muchos profesionales para que se suspendieran de manera definitiva las muertes por decapitación.

Sólo cuando se abolió de manera progresiva, gradual, no inmediata, de la pena de muerte, cesó el uso de la guillotina. Y hasta ahora, no hay certeza de si el cerebro sigue actuando una vez la cabeza sea separada del cuerpo humano

Pero…¿Qué pasó con Legros, el ayudante que abofeteó la cabeza cortada de Charlotte Corday? ¿Se arrepintió? ¿Fue perseguido por los remordimientos y por la mirada de odio que le dirigieron los ojos de la decapitada?Esto es lo que cuenta el escritor Alejandro Dumas, hijo:

Yo quería saber qué sentimiento había podido llevar a aquel hombre al infame acto que había cometido. Me informé del lugar en que estaba; pedí permiso para visitarlo en la Abbaye, donde lo habían encerrado, lo obtuve y fui a verle.

Una sentencia del tribunal revolucionario acababa de condenarle a tres meses de prisión. Él no comprendía que fuera condenado por una cosa tan natural como la que había hecho.

Le pregunté qué había podido llevarle a cometer aquella acción.

—¡Bonita pregunta! —dijo—. Soy maratista; acababa de castigarla por cuenta de la ley, quise castigarla por mi cuenta.

—Pero —le dije— ¿no ha comprendido que hay casi un crimen en esta violación del respeto debido a la muerte?

—¡Ah! —me dijo Legros mirándome fijamente—; pero ¿usted cree que están muertos porque se les haya guillotinado?

—Desde luego.

—Bueno, se ve que usted no mira en la canasta cuando están todos juntos; que no les ve volver los ojos y rechinar los dientes hasta cinco minutos después de la ejecución. Nos vemos obligados a cambiar de canasta cada tres meses, por la forma en que destrozan el fondo con los dientes. Es un montón de cabezas de aristócratas, que no quieren decidirse a morir; y no me extrañaría que un día alguna se pusiera a gritar: ¡Viva el rey!

Algún día se sabrá lo que piensa y siente (si es que piensa y siente) una cabeza cortada